Experiencia Gamer existe gracias a la PS3: homenaje a la consola que me devolvió la pasión por los videojuegos

¿Puede una PlayStation definir parte del destino y la personalidad de un gamer? Parece que sí. Mi historia con la máquina de Sony.

EXPERIENCIAS

Por Santiago Cruz Hoyos

4/8/20264 min read

Como las grandes ideas, llegó de repente: ¿y si me compro una PS3? Tenía 25 años, trabajaba como periodista y mi interés por los videojuegos parecía un asunto del pasado.

La pasión había comenzado muy niño, jugando Mario, Contra, Punch-Out!! y Double Dragon de NES, incluso tras el desayuno y durante los pocos minutos que faltaban para que me recogiera la ruta del colegio. Prosiguió con furor con el Pro Evolution Soccer y el Pibe Valderrama de Super Nintendo y el Donkey Kong, se desbordó con Zelda: Ocarina of Time y GoldenEye de la Nintendo 64, salté al Metal Gear y Syphon Filter de la PS1, también Parasite Eve y Resident Evil, hasta que, también de la nada, como a veces pasa con las pasiones, el interés por jugar se desvaneció.

Llegó la universidad, los libros de crónicas, las ganas de dedicarme a contar historias y dejé los videojuegos sin darme cuenta. Mi PS1, repleta de CDs piratas y sus respectivas “memory cards”, terminé vendiéndola, algo de lo que me arrepentí después. Allí iba un trozo de mi vida. La siguiente generación de consolas, la PS2 y GameCube, la salté sin nostalgia. De vez en cuando jugaba al PES con algún amigo, pero no tuve ninguna consola. Hasta que llegó esa idea como flechazo: ¿y si me compro una PS3?

Un préstamo en el Fondo de Empleados del periódico lo solventó todo. Mi PlayStation 3, aunque Slim, es un tanque de 120 gigas de capacidad, comprada en San Andresito de Cali. Por mi inexperiencia en el asunto para ese momento, no me percaté de que la caja había sido destapada. Incluso el cable HDMI ya no era el original de Sony, sino de la competencia, Xbox 360. “Es lo mismo”, me dijo el vendedor. En todo caso, la máquina salió perfecta, al punto que, 18 años después, y tras algunos mantenimientos, sigue conectada al TV.

Venía con un juegazo: Gran Turismo 5, que me recordaba a madrugadas colegiales jugando a la versión de PS1. Solo fue dar una vuelta en una pista de pruebas para que la pasión por los videojuegos regresara. El salto gráfico me parecía en ese punto brutal, con carros y pistas hiperrealistas.

Pero de juegos de carros no viven los gamers. Como amo el fútbol, el siguiente videojuego que compré fue el FIFA 10. Me pasé horas leyendo en portales cuál era mejor entre este y el PES y la opinión de los videojugadores, en su mayoría, se decantaba por el primero, con Lampard, Cuauhtémoc Blanco y Kljestan en la portada. Lo criticaban por continuista frente a la versión anterior, pero en mi caso, que debutaba de nuevo en la saga, me parecía fascinante tener la posibilidad de jugar con los nombres oficiales de tantas ligas en el mundo, así siempre, como hasta hoy, elija al mismo equipo: Real Madrid.

A los carros y al fútbol le faltaba un shooter, y adquirí uno de los mejores juegos del catálogo de PS3: Killzone 2. No solo exprime gráficamente a la consola, sino que su historia y jugabilidad intensa hacen que no se pueda parar hasta ver los créditos finales.

En ese punto empezaba a nacer lo que hasta ese momento no había sido: un coleccionista. Como los libros, me propuse regalarme un videojuego al mes. Fue así como me hice a una pequeña colección de alrededor de 50 títulos de PS3 en físico y otros cuantos digitales. (Y también me entraron las ganas de recuperar los juegos y las consolas que marcaron la infancia, incluida la PS1 que había vendido).

En esa pequeña colección están algunos títulos que terminaron de confirmarme que los videojuegos también pueden ser una forma de narrar el mundo, como la saga Resistance, que merece un remake; los tres Uncharted y los juegos de God of War; el recopilatorio de Metal Gear, que incluye el 4, uno de los mejores juegos de la historia; por supuesto The Last of Us, una obra maestra a la que he vuelto tanto en PS4 como en PS5, y ahora me tienta el PC; la saga Assassin’s Creed, que gozaba de sus mejores tiempos en esa generación; Fight Night Round 4, juegazo de boxeo (¿por qué se extinguieron los juegos de boxeo?); L.A. Noire y Red Dead Redemption, milagros artísticos y técnicos; Grand Theft Auto IV, donde me perdí por más de 100 horas, o joyitas poco valoradas como Brothers in Arms, que combina acción con estrategia militar en plena Segunda Guerra Mundial.

Pero además de volver al amor por los videojuegos y convertirme en un coleccionista, la PS3 me obligó a ser un gamer informado. Antes de adquirir un nuevo juego acudía a las revistas —en ese entonces aún impresas— , para estar seguro de su calidad y reducir los riesgos de la inversión. También comencé a acercarme a YouTube.

La consola de Sony plantó entonces la semilla para lo que vendría después: crear un portal de videojuegos para compartir esta pasión y también orientar, informar, acompañar a otros videojugadores. Un lugar que nació no de un plan de negocio, sino de muchas horas felices frente a una pantalla. Y qué mejor que hacerlo con mi amigo, David Rosales, otro enamorado del gaming.

La pregunta sencilla, casi impulsiva, todavía resuena: ¿y si me compro una PS3?